OUTPERU en Facebook
Castigo Divino PDF Correo electrónico
Artículos | Arte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todos hemos oído, leído, o visto la pasión y muerte de Jesucristo. Conocemos muy bien la vía crucis por la cual el hijo de Dios llegó al calvario. De hecho, podría asegurarles, los seres humanos –sin distinción de edad, raza y sexo- realizamos ese recorrido masoquista muchas veces en nuestra existencia no divina. ¿Cómo? Pues aunque mi arenga pueda resultarles audaz y quizá absurda, déjenme explicarles cómo inicia el periplo sangriento que no es otra cosa que un mero castigo celestial.


Por lo general no existe sobre la faz de la tierra individuo que no se enamore y no inicie una relación sentimental. Tampoco hay quien, tarde o temprano, no sea víctima del fracaso que determine la ruptura del affaire. Pocos días después, desde luego, no faltará en la pareja un común remordimiento de conciencia asfixiante y acaso lastimero que sólo el tiempo y distancia sabrá remediar (en el supuesto optimista de que esto suceda, claro). Para uno de los dos la recuperación será casi inmediata, sofisticada, en lo que canta un gallo, por así decirlo; y no precisamente el mismo que cantó tres veces para Pedro. Sin embargo, para el otro la convalecencia será un proceso dilatador, endémico, en donde los primeros estigmas o manifestaciones fehacientes de la ira de Dios sobre su hijo repercutirán en un periodo de existencia nefasto.


Veamos. Después de finiquitada la turbulenta relación amorosa siempre quedan incandescentes microscópicos rescoldos de la brasa menuda que tiempo atrás ardió. Y es común que el desamparado, carente de afecto, tenga la imperiosa necesidad de desligarse de los recuerdos aciagos a través de terapias catárticas, como conversaciones con cualquier hijo de vecino que inspire discreción. (¿Quién buscaría a su confidente después de haberle ignorado consejos como: “X no te conviene”, “abre los ojos”, “esa mujer es una zorra”, "te van a exprimir", etc.?)


Es precisamente el hijo de vecino –confidente alternativo- quien te traicionará, no por treinta monedas ni mucho menos con un asqueroso beso en la mejilla (gracias a Dios esa costumbre quedó en el pasado), quien se encargará de difundir y tergiversar las diatribas de tu momento de desahogo, cual Judas Iscariote tan sólo por honor a la primicia. Para tu desgracia, aquel felón probablemente nunca, si no es por tus propias manos, llegue a perecer bajo la sombra de un árbol. Ahora, debido a que fuiste grosero con la persona que fue el amor de tu vida (¿si?), por quien hubieses ido al calvario sin dudarlo un segundo, todo el mundo se tornará hostil para contigo que preferirás estar en el mismísimo Gólgota.


Por otro lado aquel periodo de intransigencia emotiva debilita tu voluntad de sumisión y por honor a la verdad buscarás aclarar asuntos que no merecen la pena ser aclarados. Es posible que hayas roto más de un corazón con tus injurias. Y está en ti remediarlo. Digamos que la mala cara del resto será el acicate menester, aunque te sientas tan desprotegido, como una res que va directamente al matadero.

Naturalmente el papel de Poncio Pilatos lo representa la persona a quien heriste. Sí, y ante tu argumento pueril se lavará las manos porque nada podrá o querrá hacer al respecto; es como si te encontrarás en medio de un naufragio, en el mar abierto, ahogándote, y esperaras recibir un salvavidas, sólo que no contabas con que un pesado yunque era lo más próximo al estribor de la embarcación. Es allí cuando la crucifixión está declarada.

Es probable que una vez condenado haya más de un Barrabás en espera de ser beatificado y perdonado por sus errores. Es decir, algún ex absolutamente dispuesto a servir de clavo generoso, para remover de la superficie putrefacta al clavo inservible en el que te convertiste. Estas perturbaciones se encargarán de propinar azotes que te mantendrán en vela, y no desistirás de autoflagelarte hasta sentir en tus entrañas el deseo vehemente de cometer un “Hara-kiri”.

Ergo, cuando menos te des cuenta ya habrás recorrido un buen tramo del camino, con la cruz sobre tus hombros, por lo que, hechas las sumas y las restas, te quedará perecer acompañado de tu conciencia, que en este caso representaría a los dos ladronzuelos de la historia cristiana. No obstante en el epílogo de tu tragicómica caracterización el atrezzo será retirado del escenario antes que puedas dar el último suspiro. Y entonces, sólo entonces, habrás resucitado entre los fenecidos de amor, rehecho, virginal; no al tercer día, lo más probable es que sean meses, total da lo mismo, puesto que para todo mortal siempre hay un domingo de resurrección.



 

Comentarios 

 
#1 Sergio. 04-04-2010 00:22
Tenía entendido que lo había escrito yo.
Citar
 

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

Banner